ENTRE ESMALTES Y GEMIDOS
Desde hace un año ella viene a mi casa cada quince días. Es mi manicurista, mi maquilladora ocasional y hasta me ha ayudado grabando algún video explicito cuando lo necesito. Nuestra relación siempre había sido de amistad, tranquila y sin cruces de línea. Ella es una mujer de piel canela, con ojos marrones profundos y un cabello color chocolate que le cae a media espalda. Es delgada, pero con curvas marcadas, de estatura baja, manos hábiles que se mueven con precisión sobre mis uñas. Normalmente llega en jean y camiseta, sin maquillaje, sus uñas sin arreglar, y aun así hay algo en ella que atrae: su carisma, la forma en que sonríe y ese aire relajado que siempre trae a mi habitación. Ese día estaba sentada en la cama, como siempre, mientras ella trabajaba en mis uñas desde su silla. La música sonaba bajo y el olor a esmalte llenaba la habitación. Sentía el roce de sus dedos en mis manos, suave y preciso, pero había algo diferente: sus miradas duraban más de lo normal, y a vec...