FANTASÍA INTERRUMPIDA



 Nunca he tenido un trío con dos hombres, lo más cercano fue mi experiencia con Germán y John, dos compañeros de clase de finanzas. Solo recordar aquella experiencia hace que mi sexo se humedezca y mi cuerpo se tense de deseo.

Ese sábado tenían planeado ir a la finca de Germán, a las afueras de la ciudad, donde se quedarían a pasar la noche. Allí se reunirían con unas amigas suyas, chicas que yo no conocía. Cuando me invitaron, acepté sin dudarlo.

El día estaba radiante. Aproveché para empacar mi vestido de baño. En ese entonces yo era tímida, callada, cargaba con mis propios complejos… pero junto a ellos me sentía extrañamente cómoda, aunque la presencia de sus amigas me incomodaba. Sus miradas eran frías, casi de competencia silenciosa.

Pasado un rato, nos dirigimos a la piscina. Éramos seis en total, contando conmigo, empezamos a jugar con una pelota de colores en el agua. El ambiente se encendió aún más cuando John destapó la segunda botella de tequila. El calor del alcohol recorría mi cuerpo y me desinhibía poco a poco. Reía, bromeaba, me movía con más libertad. Notaba cómo mis pezones se endurecían bajo el bikini, y no pasó desapercibido para Germán. Su mirada era distinta: fija, directa, como si me desnudara sin pudor.

Me acerqué más a él. Entre copa y copa, entre risas y roces, empecé a sentir que algo podía pasar… y en el fondo, lo deseaba.

Cayendo la tarde, me invitó a bailar una salsa suave y romántica. Apenas nuestros cuerpos se rozaron, sentí esa química inmediata que me desarmaba. Yo, con mis 1.63, y él, imponente con casi 1.90, marcábamos una diferencia que se volvió cómplice del deseo.

Al acercarnos, su rodilla rozaba mi entrepierna una y otra vez. No era un accidente: lo confirmaban sus ojos cargados de lujuria. El gesto me intimidaba, no sabía cómo reaccionar, y mis mejillas ardieron… aunque no logré distinguir si era vergüenza o excitación.

Lo único claro era el roce de su erección, firme y dura, apretándose contra mi abdomen. Podía sentir cómo palpitaba, sincronizada con el compás de la música, como si su cuerpo entero marcara el tiempo de aquella canción solo para mí.

En aquel vaivén de la música, él toma un mechón de mi cabello —largo hasta las caderas, abundante, ondulado y de un claro castaño— y lo enreda lentamente en su dedo, como si quisiera arrastrarme hacia él con ese gesto. Luego lo suelta, y al caer sobre mi piel, el roce provoca un estremecimiento que endurece de inmediato mis pezones. Su mano se desliza por mi brazo hasta atrapar la mía, invitándome entre susurros a la casa grande detrás de la piscina.

Entramos en un cuarto con una cama doble cubierta por un edredón estampado con grandes margaritas blancas sobre un fondo azul claro. A cada lado, mesas auxiliares; un pequeño sofá gris; un cajón de madera coronado por un espejo. Recuerdo cada detalle porque mis nervios estaban al límite: era muy joven, de carácter suave, y en el sexo solían elegirme como un cervatillo, por la inocencia que aún guardaban mis gestos y el miedo que brillaba en mis ojos.

Él cierra la puerta y me rodea la cintura con firmeza antes de inclinarse para besarme. Yo aún cargaba la ternura de la juventud; él, en cambio, era un hombre alto, rubio, de músculos marcados bajo una piel blanca enrojecida por el sol. Sus ojos azules me devoran. Me toma por las nalgas y me alza; lo abrazo con fuerza, enredo mis piernas en su cintura y mis brazos en su cuello para sostenerme, mientras mis dedos se hunden en su cabello dorado como el sol. Le ofrezco mi lengua y la suya la reclama sin piedad. La excitación me vence y decido entregarme, sin reservas, a todo lo que venga.

Allí, de pie conmigo en alzas, me sostiene con un brazo mientras con el otro acaricia mi piel. Sus dedos bajan lentamente desde mi cuello, recorriendo mi espalda hasta llegar a mi culo; lo toma con fuerza y me aprieta contra su erección, que siento dura y palpitante contra mi vientre. Su gran mano sigue bajando, rozando mis muslos, hasta que me apoya con decisión contra la pared color avellana. Instintivamente aprieto mis piernas alrededor de su cintura, pegándome a él con desesperación. Mis manos se descargan contra la pared, sobre mi cabeza, dejando mi cuello y mis senos completamente expuestos. Él los devora con besos húmedos y su lengua enciende mi piel al recorrer el lóbulo de mi oreja.

Su respiración agitada choca contra mí, su manzana de Adán sube y baja con un trago lento que me enloquece. El calor me arde entre las piernas: mi vagina empieza a humedecerse, a contraerse con hambre, deseando sentirlo dentro de mí en ese mismo instante.

Suelta el nudo del traje de baño que se sujetaba en mi espalda y, con firmeza, me coloca sobre la cama. Termina de quitarme el brasier y se inclina sobre mí para besarme y recostarme bajo su cuerpo. Su mano se aferra a mi cuello mientras su boca devora la mía; la otra recorre mis costados con calma, hasta detenerse en uno de mis senos. Lo aprieta con fuerza, disfrutando de la tensión de mi piel, antes de atraparlo con sus labios. El pezón, duro por el escalofrío de sus caricias, cede al roce húmedo de su lengua.

Se recuesta a mi lado, sin dejar de besarme, pellizcando y jugando con mis pezones entre sus dedos. Luego levanta la mirada: sus ojos, cargados de decisión y deseo, se clavan en los míos antes de descender hacia mis senos. Se acomoda entre mis piernas, atrapándome bajo su peso. Sus manos, grandes y dominantes, toman mis pechos para juntarlos; su lengua salta de uno al otro, lamiendo con frenesí, mordisqueando suavemente, arrastrando mis pezones por su boca endurecida. Luego los succiona con fuerza, atrapándolos entre sus labios como una ventosa, halándolos hasta arrancarme un gemido que lo enciende aún más.


Vuelve a clavar en mí sus ojos azules mientras se incorpora de rodillas sobre la cama. Con calma se quita la ajustada camisilla negra sin mangas, dejando expuesto su torso firme y definido, donde las venas recorren sus brazos musculosos. De inmediato me asalta el pensamiento de si su pene será igual de imponente, pues bajo la pantaloneta de baño ya se dibuja robusto y grande, reclamando atención. Nota la ansiedad en mi rostro y se detiene un instante, como si disfrutara de la expectativa.


De su camisilla pasa a mi tanga, que empieza a desatar con paciencia. Percibe el temor en mí, pero es tolerante y delicado. Suelta un lado, luego el otro, y finalmente hala la tira con calma, revelando poco a poco lo que escondía. Sus ojos se encienden de lujuria al encontrar mi vagina depilada, apenas resguardada por mis piernas entrecerradas, donde se adivinan los labios que rodean mi clítoris sobresaliente.

Se humedece el labio superior con la lengua, saboreando la visión frente a él. Con suavidad abre mis piernas por completo, y el espectáculo se despliega: mi clítoris asoma como una flor de loto en primavera, un coño joven, jugoso y de un rosa cálido que late con deseo, esperando ser devorado.

 Mete sus dedos pulgares en la cintura de su pantaloneta verde, estampada con palmeras blancas, y tira de ella hacia abajo. Mis ojos se clavan en sus movimientos, anticipando lo que estoy por ver.

La tela desciende y se enreda unos segundos en su miembro, hasta que finalmente salta con fuerza, golpeando su vientre antes de erguirse con una dureza imponente, apuntando directo hacia mí. Es un pene grande, vigoroso, atravesado por venas que palpitan, de un tono rosado brillante por la humedad. De su glande comienza a escapar una baba espesa y transparente que gotea sobre el edredón, marcando el ritmo de su excitación.

Él retrocede apenas en sus rodillas para tomar impulso y balancearse sobre mí, rozando su miembro contra mi vulva, que responde de inmediato, húmeda y temblorosa ante aquel contacto.

Empieza a descender por mi cuello, sus labios se detienen un instante en mis pezones, rozándolos apenas antes de continuar por la línea que divide mis senos hasta llegar a mi ombligo. Con su lengua dibuja círculos suaves alrededor de él, con los ojos cerrados como si saboreara cada parte de mi piel. Prosigue su descenso con calma, dedicando atención a los huesos de mi pelvis; con sus manos me sostiene de allí, levantando mi abdomen hacia su rostro como si quisiera absorber el aroma que desprende mi cuerpo. Me besa, me lame, y al mirarme me transmite con la intensidad de sus ojos un “prepárate” silencioso.

Su respiración se hace más fuerte, más cercana, recorriendo mi pubis con esa mezcla de ansiedad y ternura que me eriza. Se desvía hacia mi ingle y posa su boca allí, succionando con ritmo mientras su lengua juega en movimientos suaves y calculados. Repite el mismo gesto al otro lado, para luego, sin vacilar, abrir con sus dedos mi intimidad, dejándome completamente expuesta bajo el peso de su deseo. Siento cómo cada músculo interno responde, contrayéndose, palpitando, anticipando el instante en que sus labios finalmente me reclamen.

Con toda mi intimidad expuesta, su lengua se posó en mi clítoris: tres lengüetazos firmes seguidos de una succión que me arrancó un gemido ahogado. Era gloria pura. Permaneció así un instante, hasta que, con la lengua rígida, comenzó a penetrarme, entrando y saliendo con un ritmo que me hizo arquearme de placer. De repente, la puerta de la habitación se abrió. Era John. Nos observó en silencio, con una sonrisa cómplice. Yo me quedé paralizada, entre la vergüenza y el deseo. German, sin detenerse, me arrastró hacia el cabecero de la cama, acomodándome medio recostada. Se irguió sobre mí, abrió mi boca con sus dedos y me penetró con su miembro, mientras con sus piernas mantenía las mías abiertas por completo, atrapada en esa escena que ya no tenía marcha atrás.

Estando allí, apenas consciente de lo que ocurría, sentí de pronto cómo John tomó mis pies y comenzó a besarlos, deslizando su lengua entre mis dedos, succionando con la misma avidez con la que una mujer mama un sexo. Sus manos ascendían lentamente por mis piernas recogidas por la postura, encendiendo cada parte de mi piel. La imagen me estremecía: yo, tendida boca arriba en la cama, con Germán arrodillado a la altura de mi pecho, ofreciéndome su dureza entre los labios, mientras con sus rodillas forzaba la apertura de mis muslos; y John, posado entre ellos, recorriéndome con la boca y con sus manos. Estaba inmóvil, rendida, sin la menor intención de detenerlos. De repente, cuando sus dedos se hundieron en mi sexo, un golpe seco en la puerta interrumpió el aire cargado de deseo que reinaba en aquella habitación de paredes color avellana.

Era una de las chicas con el rostro desencajado por el enojo, me gritó: tan seria que te veías, que no matabas una mosca y ahora hasta te las comes; no sabía qué hacer ni qué decir porque no fue una situación que preparé, era algo que simplemente se estaba dando, la chica salió enfurecida de la habitación y John salió tras ella, al final todos se fueron menos German y yo, que terminamos aquella noche al lado de la piscina lo que había empezado en el cuarto de paredes color avellana.



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