REINCIDENTE DEL PLACER


 Supongo que toda escort tiene ese cliente que le hace perder la noción de lo que hace. Yo tengo el mío. Es un hombre guapo, inteligente, educado, con una sonrisa que ilumina cualquier lugar y un cuerpo que parece esculpido por un dios del Olimpo. Basta verlo llegar, abrir la puerta de su coche y mirarme de esa forma que ya conozco, esa mirada que me desnuda de inmediato. Camino hacia él y mi mente se llena de imágenes sucias: su corbata enredada en mis muñecas, su lengua recorriendo mi cuerpo, su voz grave pidiéndome que me abra para él.

Me saluda con un beso en la mejilla, y ese roce mínimo ya me enciende. Su perfume caro me invade las fosas nasales, eriza mi piel y hace que apriete las piernas para contener el cosquilleo en mi clítoris. Él sonríe como si pudiera leerme la mente, y en el silencio del trayecto siento la tensión crecer; cada minuto en ese coche es un tormento delicioso. No hablamos de nada profundo, pero cada palabra suya me recorre como una caricia. Solo quiero que lleguemos al motel para que me quite la ropa y me haga suya como siempre.

Tiene unos besos que saben a vicio, a pecado irresistible. Cuando sus labios se encuentran con los míos, el tiempo deja de existir; nuestras bocas se devoran como si lleváramos días conteniéndonos. Su lengua explora la mía, húmeda y desesperada, hasta que me falta el aire. Nuestros cuerpos se pegan como imanes, y siento su erección rozarme a través de la tela, un escalofrío que me atraviesa.

Me gira y me coloca contra la pared; sus labios bajan a mi cuello, lo muerde, lo lame, mientras sus manos se cuelan bajo mi blusa y suben hasta mis pezones duros. Sus dedos los pellizcan con fuerza, me hacen jadear, arquear la espalda buscando más. Sin pedirme permiso me desviste, dejándome solo en lencería, y me arrodilla frente a él. Su miembro, grueso y palpitante, golpea suavemente mi rostro, dejándome olerlo, saborearlo con la punta de la lengua antes de tomarlo completamente. Siento el calor que desprende, la tensión contenida en su cuerpo. Me agarra del cabello, me guía, me hace tragarlo hasta el fondo mientras gime en un susurro áspero.

Cuando me levanta, ya estoy empapada. Me recuesta sobre la cama, me abre las piernas y baja a probarme. Su lengua recorre mi clítoris en círculos lentos, torturantes, hasta que no puedo más y lo empujo para que me penetre. Solo entonces entra, despacio, llenándome, estirándome hasta el fondo. Y ahí sí, el mundo se rompe.

Lo hacemos de pie, aferrada a la barra de pole dance, mi espalda arqueada mientras me penetra con intensidad, como un depredador que no quiere soltarme. Me empuja contra la pared, luego contra el espejo, y cada choque de nuestros cuerpos envía oleadas de calor que me atraviesan. Sus manos recorren cada curva, aprietan mis caderas, suben por mi espalda, mientras sus labios y lengua no dejan un centímetro de mi piel sin explorar. Me hace cabalgarlo con fuerza, un ritmo que me deja sin aliento, húmeda y vibrante, gimiendo con cada embestida.

Mis pezones se endurecen con cada roce de su pecho, mi clítoris se frota contra su pelvis con insistencia, y la fricción me consume por completo. Cada embestida es distinta: unas profundas, casi torturantes; otras rápidas, salvajes, haciéndome retorcer de placer. El calor de su cuerpo fusionado con el mío, el sudor pegando nuestra piel, el aroma de su deseo llenando la habitación, me envuelven. No hay nada más que este fuego compartido, donde cada movimiento me hace arder más, recordándome que el placer puede ser un infierno delicioso del que no quiero escapar.

Me vuelve loca sentirlo sostenerme por la cintura mientras me dejo caer sobre él una y otra vez, como si mi cuerpo quisiera devorarlo entero. Sus manos recorren cada curva, sus dedos rozan mis pezones endurecidos, provocando gemidos profundos que llenan la habitación. Cada sentadilla, cada vaivén, hace que mi clítoris choque con su pelvis dura, enviando oleadas de placer que me recorren desde el vientre hasta el cuello. Ver su rostro transformarse por el deseo, sus jadeos graves y respiración entrecortada, dispara mi propio fuego interno; mi cuerpo responde con fuerza, incapaz de contenerlo.

Lo beso con hambre, atrapando su lengua con insistencia, saboreándolo como si pudiera quedarme allí para siempre. Su aroma limpio, su piel firme y su cuerpo impecable me hacen entregarme sin reservas. Me coloca en cuatro, arqueo la espalda hasta sentir cómo me parte en dos, levantando la cadera para recibirlo más hondo, mientras su miembro golpea con fuerza mi interior y cada roce en mi clítoris me hace gritar y perder la noción de todo. Es un vaivén salvaje, piel contra piel, un ritmo urgente que me arrastra al límite, cada embestida más intensa que la anterior, dejándome temblando, jadeando y completamente a merced de su fuego.

Me enloquece cuando se arrodilla entre mis piernas, su lengua encontrando mi humedad abierta y ansiosa. Su boca es voraz, explorando cada rincón de mi clítoris y mi interior, mientras sus dedos se deslizan dentro de mí con precisión, palpando cada fibra de mi placer. Cada movimiento me hace temblar y jadear, y siempre termino rogando por más, queriendo sentir al mismo tiempo su lengua y su dureza palpitante, un juego que me consume y me hace perder toda noción de control.

Cuando me coloco boca abajo, con la cadera en alto, y lo siento deslizarse dentro de mí, el mundo desaparece. Su pecho caliente se pega a mi espalda sudada, una mano apretando mis pechos con fuerza mientras la otra se posa firme en mi cuello, marcando su control absoluto. Aprieto contra él, lo succiono con cada movimiento, exprimiéndolo, rozándolo, haciéndolo arder de placer, hasta que no puede contenerse más y lo siento correrse profundo, derramándose dentro de mí mientras gime con fuerza, dejándome sin aliento. Ese es nuestro punto de quiebre, el momento en que ambos nos rendimos al fuego del deseo, donde cada gemido y cada temblor nos lleva a un placer abrumador, salvaje y absoluto.

Lo mejor de todo es que paga mi tiempo y mis caprichos sin cuestionar nada. No regatea, no pide descuentos, no exige explicaciones. Solo pregunta cuánto es, me mira con esa sonrisa que me derrite y paga. Me paga por hacerme sentir deseada, por dejar que mi cuerpo y mi deseo se desaten, por la intensidad que le entrego. Valora cada curva, cada gemido, cada instante que nos consumimos juntos. Es atento, respetuoso, y eso me excita tanto como su manera de tomarse su placer conmigo. ¿Cómo no voy a querer que regrese una y otra vez, atrapada en esta pasión que solo él sabe despertar?


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