ENTRE ESMALTES Y GEMIDOS
Desde hace un año ella viene a mi
casa cada quince días. Es mi manicurista, mi maquilladora ocasional y hasta me
ha ayudado grabando algún video explicito cuando lo necesito. Nuestra relación
siempre había sido de amistad, tranquila y sin cruces de línea.
Ella es una mujer de piel canela,
con ojos marrones profundos y un cabello color chocolate que le cae a media
espalda. Es delgada, pero con curvas marcadas, de estatura baja, manos hábiles
que se mueven con precisión sobre mis uñas. Normalmente llega en jean y
camiseta, sin maquillaje, sus uñas sin arreglar, y aun así hay algo en ella que
atrae: su carisma, la forma en que sonríe y ese aire relajado que siempre trae
a mi habitación.
Ese día estaba sentada en la
cama, como siempre, mientras ella trabajaba en mis uñas desde su silla. La
música sonaba bajo y el olor a esmalte llenaba la habitación. Sentía el roce de
sus dedos en mis manos, suave y preciso, pero había algo diferente: sus miradas
duraban más de lo normal, y a veces se detenía, me veía a los ojos y sonreía de
forma insinuante.
—¿Qué pasa? —le pregunté,
intentando sonar casual.
Ella bajó la mirada, se mordió el
labio y siguió trabajando. Sentí un cosquilleo recorrerme el cuerpo. Cada roce
de sus manos se sentía más eléctrico. No era mi imaginación: se inclinaba más
cerca de mí, su brazo rozaba mi pierna cada vez que cambiaba de mano.
Cuando terminó, guardó sus cosas
sin decir mucho. Pensé que se iría, pero en lugar de levantarse, se acercó,
puso sus manos en mis rodillas y me miró con una mezcla de timidez y decisión.
—Tú estás divina —me dijo, su voz
más grave de lo normal.
Antes de que pudiera reaccionar,
se inclinó y me besó. Fue un beso lento al principio, con un toque de
nerviosismo, pero se volvió más intenso. Sentí su respiración agitarse contra
mi boca y mi cuerpo responder de inmediato.
Su beso me había dejado sin aire.
Apenas terminó, apoyó su frente en la mía y sonrió de una forma que nunca le
había visto. Sus manos, aún tibias de trabajar con esmalte, subieron lentamente
por mis muslos hasta detenerse entre ellos.
Sentí cómo mi respiración se
aceleraba. Ella no dudó: deslizó sus dedos sobre mi short, rozando mi
entrepierna con un movimiento suave, como tanteando si yo la iba a detener.
Pero no la detuve.
De un tirón me abrió las piernas,
se arrodilló frente a mí y bajó la cabeza. Su aliento caliente me recorrió
antes de que siquiera me tocara, y eso me hizo estremecer. Con una mano apartó
mi ropa interior y con la otra abrió mi vagina suavemente, observándola.
—Ya estás mojada —susurró con una
sonrisa traviesa.
Sentí el primer beso en mi sexo y
casi me arqueo de placer. Su lengua empezó un recorrido lento, dibujando
círculos, jugando con mi clítoris antes de succionarlo. Yo gemía sin poder
contenerme, mis manos enredadas en su cabello chocolate mientras ella me comía
con hambre.
—Estás deliciosa… —murmuraba
entre lamidas—. Me encanta tu vagina.
Cuando metió su lengua en mi
hueco húmedo gemí más fuerte. Sus palabras, su respiración, su lengua
metiéndose cada vez más profundo me encendían por completo. La sensación era
tan intensa que sentía que me iba a correr en cualquier momento.
El placer subía tan rápido que
apenas podía respirar. Ella no dejaba de lamerme, de meter su lengua en mi
vagina y volver a mi clítoris con una precisión que me volvía loca. Sentía sus
dedos apretando mis muslos, su cabello enredado entre mis dedos.
Gemí más fuerte, sin importar
nada.
—Sigue… no pares… —le rogué con
la voz entrecortada.
Ella levantó la mirada apenas un
segundo, sus ojos marrones brillando, y volvió a hundir la cara entre mis
piernas. Su lengua era cada vez más rápida, más profunda. Hasta que no aguanté
más: el orgasmo me golpeó tan fuerte que me arqueé sobre la cama, apretando su
cabeza contra mí mientras gemía sin control.
Pero no paró. Siguió lamiendo mi
cum mientras yo temblaba, como si quisiera sacar hasta la última gota de mi
placer. Fue entonces cuando la escuché gemir. La vi frotarse contra el borde de
la silla, desesperada, mientras seguía comiéndome.
—Me voy a venir —susurró, y sentí
cómo su respiración se agitaba más—. No pares de gemir, me pones loca.
Y de repente su cuerpo se tensó.
La vi correrse ahí mismo, dejándome ver cómo su vagina soltaba leche y mojaba
la silla. Gemía ahogada, su cara aún enterrada entre mis piernas, bebiendo mi
humedad mientras se venía.
El olor a sexo, el calor, sus
gemidos mezclados con los míos… era demasiado excitante. Apenas se detuvo, la
levanté y la llevé a la cama. Ahora era mi turno.
La acosté en mi cama y empecé a
desvestirla despacio. Me encantaba ver el contraste de su piel canela con la
mía. Sus pezones eran pequeños y oscuros, con una punta perfecta que me
provocaba chupar.
Me incliné y empecé a besarlos
uno por uno, primero suaves, luego succionando con más fuerza. Ella gemía
bajito y se arqueaba, buscando más contacto.
Fui bajando mi boca por su
vientre, sus caderas, hasta llegar a su vagina. Sus labios estaban mojados, su
clítoris duro e hinchado. La abrí con los dedos y pasé la lengua lentamente,
disfrutando el sabor de su leche mezclada con su excitación.
—Mierda… —susurró con la voz
temblorosa—. Me vas a matar de placer.
Introduje dos dedos en su vagina
mientras seguía lamiendo su clítoris. Estaba tan estrecha y húmeda que mis
dedos entraban con dificultad, lo que me excitaba aún más. Sus gemidos llenaban
la habitación y su cuerpo se movía contra mi cara buscando más.
Cuando sentí que estaba al borde,
me subí sobre ella y la puse en tijerita. El roce de nuestras vaginas, el calor
de su piel contra la mía, me enloquecía. Nos movíamos al mismo ritmo,
mirándonos a los ojos, jadeando.
Pero lo que más me excitaba era
verla concentrada en darme placer.
—Quiero verte correrte otra vez
—me dijo, con una sonrisa atrevida.
Se deslizó hacia abajo y volvió a
hundir su boca en mí. No tardé nada en venirme otra vez, esta vez con más
fuerza, agarrando su cabeza y gimiendo sin control. Ella se corrió casi al
mismo tiempo, dejando parches de leche en mi cama mientras seguía comiéndome.
Cuando todo terminó, nos quedamos
respirando agitadas, riéndonos bajito. Mis piernas temblaban, mi cama estaba
empapada y el olor a sexo llenaba la habitación.
—Definitivamente esto fue mejor
que cualquier manicura —le dije entre risas.
Ella solo sonrió, se recostó a mi
lado y me dio un último beso, suave, como si sellara un pacto silencioso. Antes de irse, me miró de reojo con esa
mirada que ahora conocía bien.
—La próxima vez —dijo con una
sonrisa traviesa— no quiero silla… quiero que me amarres a tu cama.
Me mordí el labio, ya sintiendo
el calor volver a mi cuerpo.
—Hecho —le respondí, y su risa
fue la promesa de que lo que acabábamos de hacer no sería la última vez.

Comentarios
Publicar un comentario